viernes, 20 de julio de 2012

No quería suicidarse


No quería suicidarse. Es cierto que no quería. Pero pasear solo a las tantas de la noche era como invitar al destino a que decidiera por él.
Salió de su casa con su casaca de nieve (pocas veces usadas en la nieve) abrochada hasta el tope, un mp3 con música deprimente la que su pc y sus técnicas básicas de descargar audios le pudieron conceder, con grandes audífonos y un gorro llamativo que desentonaba con toda su vestimenta. La bufanda daba vueltas hasta dejar sólo a la vista su nariz y sus lentes, para evitar que a algún desconocido le resultara conocido y se embarcara en conversaciones que agotaban su paciencia y apresuraban el frío.
Llegó al mirador tras caminar sobre los adoquines alumbrados intensamente por unas farolas. Las veredas discurrían oscuras bajo los árboles. Aquejado por un anhelo de justicia dejó los adoquines y pasó por encima de la acera regalándole sombra.
Al doblar la esquina se encontró en la playa. Levantó cauteloso la vista, miró con curiosidad la arena, la infinita orilla, las piedras con el chocar de las olas y le pareció estar dentro del mar aunque no tuviera agua. Se sintió ligero, era como nadar y andar sin necesidad de mover los brazos ni asustar las algas ni pisar las piedras del fondo marino. Los pies se desplazaban tranquilos, convertida su casaca en flotador. Le gustó la sensación de deambular en medio de una corriente sin quitarse su casaca ni los audífonos.
Siguió chapoteando por la sombra, imaginando los cúmulos de basura como si fuesen algún ser marino que recorriese el suelo moviéndose sin rumbo.
Tras nadar un rato en el aire dejó atrás la playa y salió de nuevo a la calle donde la gente charlaba sentada en bares como pescadores de tiempo que estaban a la espera de atrapar un buen puñado de momentos. Las risas y los gritos demostraban que a los momentos no les molestaba el ruido y que se sentían atraídos por el bullicio.
No le interesó bajo ninguna circunstancia esta pesca ruidosa y se dirigió hacia la tranquilidad de una calle con bares-peceras acogedoras de humo y pensamientos. Tentado estuvo de entrar pero la música le guiaba hacia otro espacio sin techo y sin gente.
Caminó mucho rato, el tiempo no le importaba, él era el dueño que lo alargaba o encogía a su antojo. El rumor del agua de mar le distrajo. Ya no había calle, solo playa y la orilla, donde la oscuridad no permitía observar el mundo correr o detenerse.
Si antes había andado por un mar de aire, sin el abrazo del agua ¿Cómo sería estar en el agua, sin el abrazo del aire? ¿Cómo sería andar por el fondo del mar con la casaca como flotador, los audífonos como timón y la bufanda como vela? Tenía mucho tiempo, y se lanzó.
La bufanda resultó ser una mala compañera, lo abandonó al saltar, junto con el gorro, sólo la casaca se mantuvo con él aunque fue un amistad triste, que los hundió a los dos. Quizás los buenos amigos fueron los audífonos y la música que aún sonaba (la casaca es impermeable).
Cuando lo sacaron negó que quisiera suicidarse. Tenía tiempo y las orillas no le atrajeron lo suficiente como para gastarlo explorándolas.
Lo que no le gustó de la experiencia es que la basura en el mar era en realidad basura.

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