Has intentado hablar alguna vez con una muralla, es bacán. Puedes insultarla, contarle tus penas, tus desaires, tus anécdotas que nadie conoce a quien más nadie le contarías, ese lado irreconocible de tu ser que sólo tú y ellas están dispuestos a conocer. Confías a ciegas en ella, sabes que nunca dirá nada a nadie, que se sentirá mal o se afectará por lo pesado o mala leche que seas con ella, tus comentarios más ácidos simplemente le resbalarán. Disfrutas el hecho de saber que hay una muralla que te escucha y que no pone ninguna traba en escuchar toda esa mierda, quien ninguna persona que no fuese esa muralla estaría dispuesta a escuchar. En casos más extremos puedes hasta golpearla, sabes que no te guardará rencor o que intentará agredirte o cobrarse venganza de lo hecho (a menos que seas lo suficientemente idiota como para estrellarte contra ella). Después de todo eso estarás más tranquilo, no sentirás esa carga de toda tu mierda, la expulsaste, ya no te pertenece sólo a ti, alguien más aunque involuntariamente está dispuesto a ser parte de tu historia. Pero al fin y al cabo falta algo, no estás completo, sabes que algo anda mal y recuerdas ese mínimo detalle. Si es una MURALLA, por más que hagas todo lo anteriormente mencionado, no te responderá, no empatizará, no te comprenderá, sólo será un oyente mudo y apático. Cuando recuerdas eso nuevamente sientes el mismo vacío y vuelves al comienzo. Pero recuerdas que posees otras 3 paredes, así que cambias el ángulo para ver si hay algún resultado distinto. Aunque siempre eres consiente que llegarás a lo mismo sigue siendo la forma más amigable de prolongar tu agonía espiritual.
Sonando: Savin' Me.
No hay comentarios:
Publicar un comentario